En una tarde de lluvia, con un buen café en la mano, La Tacita de Plata te invita a platicar sobre la meritocracia y a preguntarnos si, en esta nueva era, esforzarse ya no vale la pena.
¿Has sentido alguna vez que lo fácil se celebra y lo difícil se evita? Hace poco, un buen amigo me dijo: “se ha vuelto común vivir en modo mínimo esfuerzo”. Me quedé pensando: ¿hemos cambiado los estándares? ¿Estamos ajustando todo para no molestar a nadie?
La diputada Cayetana Álvarez de Toledo nos advierte que vivimos en una “era de la mediocridad” y que “la ignorancia es el combustible del populismo”. Más que una queja de moda señala un fenómeno real: educación y cultura han bajado la vara para no incomodar. En su discurso se burla de asignaturas como “matemáticas socioemocionales con perspectiva de género” y lamenta que el mérito y la experiencia hayan sido derribados.
Entonces, ¿cuándo empezamos a aplaudir lo fácil y despreciar el mérito? Te invito a recorrer juntos este apocalipsis cognitivo y a reflexionar cómo esta tendencia se asoma en universidades, videojuegos, políticas públicas e incluso en la forma en que hablamos.

I. ¿Qué pasó con la exigencia en la escuela?
Iniciemos este análisis desde las aulas. Las estadísticas son de mucho peso y preocupan. En Estados Unidos, el examen que mide el progreso educativo en 2024 señala que un tercio de los alumnos que están por graduarse lee por debajo del nivel básico y apenas uno de cada tres domina las competencias de lectura; en matemáticas la cifra es peor: casi la mitad no alcanza el nivel mínimo y solo un 22 % se considera competente.
Imagínate —casi la mitad de una clase sin las herramientas básicas para la vida adulta—. Y cuando miramos a los estudiantes del extremo inferior de la tabla, su rendimiento está en mínimos históricos. La brecha entre quienes saben y quienes no se ensancha cada vez más.
Ahora pensemos en Guatemala. Aquí el panorama es similar, bajando estándares. Desde hace algunos años, el Ministerio impulsa planes de mejoramiento para que nadie repita el año y todos “suban la nota”. Suena loable, sí, pero la realidad golpea: en la evaluación nacional más reciente, apenas un tercio de los graduandos alcanzó el nivel básico de lectura y menos del 13 % cumplió en matemáticas. Y si retrocedemos a primaria, nueve de cada diez niños se quedan cortos en lectura y operaciones básicas.
Como tutor, me sorprende ver a chicos que, pese a cursar programas más extensos que antes, llegan a la universidad sin dominar lo esencial. Aquí también la brecha entre quienes dominan los contenidos y quienes no, crece día tras día.
¿Qué nos está pasando? Bajar la vara para que nadie se sienta excluido no soluciona nada; simplemente disimula la desigualdad y nos deja más vulnerables.
II. Notas infladas, exigencia rebajada
Aún recuerdo cuando era común escuchar: “espera a llegar a la universidad, ahí sí cuesta ganarse cada punto”. Hoy las cosas han cambiado, y las universidades están lejos de conservar ese estatus de oasis de conocimiento. Un sondeo entre profesores de universidades públicas en Estados Unidos puso el dedo en la llaga: casi la mitad de los docentes reconoce que la inflación de notas es un problema serio, y que los estándares académicos han caído. Más de un tercio admite, sin pena alguna, que sube las calificaciones de manera rutinaria; otro tanto confiesa que ha rebajado la rigurosidad de sus asignaturas.
Recuerdo esa sensación de alivio al descubrir que el examen era más fácil de lo esperado. Hoy esa práctica parece haberse convertido en la norma. Las explicaciones son variadas: algunos culpan a la comercialización de la educación —universidades que tratan a los alumnos como clientes— y ofrecen, al estilo de las cadenas de comida rápida, un “combo agrandado” con licenciatura y maestría. Otros señalan que llegan estudiantes sin bases y luego exigen que todo sea fácil, que estudian menos, y que el rol del docente se ha vuelto más emocional que académico. Incluso hay quienes ven las pruebas estandarizadas de admisión como discriminatorias.
A nivel global este fenómeno se ha bautizado con un nombre sarcástico: broke woke stroke. Universidades endeudadas que necesitan alumnos a toda costa (“broke”), discursos identitarios que ven los exámenes como opresores (“woke”), y directivos deseosos de evitar protestas (“stroke”). El resultado es el mismo: asignaturas diluidas, profesores que ceden para mantener a los estudiantes contentos y una excelencia sacrificada por el camino.
III. Donde quedaron los sobresalientes de verdad
De mis años de estudio aún guardo grabada la satisfacción de una nota sobresaliente. De esas que se presumían y te hacían inflar el pecho; de esas que solo se conseguían después de noches de desvelo, café y pestañas quemadas.
Hoy, en muchas universidades y colegios, las notas sobresalientes parecen vasos de agua: no se le niegan a nadie. Hay reportes que hablan de instituciones de élite en Estados Unidos donde cerca del 79 % de las calificaciones son As… y no son casos aislados. Mientras tanto, las puntuaciones de admisión como el ACT van en caída libre: llegan estudiantes con menos base y se llevan las mejores notas. ¿No es absurdo?
El contraste duele más cuando se miran los datos en frío. En un análisis de Carolina del Norte, antes de la pandemia, la proporción de alumnos con A o B en matemáticas rondaba el 54 %, más o menos en línea con quienes eran competentes. Después de 2021, la competencia cayó al 43 %… pero el porcentaje de As y Bs apenas se movió. Las notas ya no reflejan lo que sabes, sino lo cómodo que es el curso o lo mucho que el profesor quiere evitar problemas.
¿Qué sentido tiene un título cuando todos son sobresalientes? El aplauso pierde su valor. La inflación de notas no se traduce en más conocimientos ni mejores profesionales; al contrario, crea una falsa sensación de éxito que se desploma en el primer choque con la realidad. En mi experiencia como catedrático auxiliar universitario, he visto estudiantes que se sorprenden cuando les ponemos un reto; están tan habituados a las notas infladas que un examen riguroso les parece una falta de cortesía.
En Guatemala, aunque no tengamos estadísticas tan detalladas, se repite un fenómeno parecido. Es habitual escuchar que algunas casas de estudio se pelean por los alumnos y suavizan la exigencia. Se ha perdido el sentido de ser de la cátedra universitaria, sacrificando el aprendizaje a cambio de un promedio “envidiable”. En esta época de notas infladas y conocimiento por los suelos, me resuena y valoro mucho el consejo de un gran licenciado y amigo: «Maestro, la nota es indiferente; preocúpese por aprender».
IV. La ley del mínimo esfuerzo: entre memes y realidad
En nuestro diario navegar por las redes a todos nos aparece, más de alguna vez, ese meme que dice: “¿Para qué estudiar si existe Google?”. Al principio nos reímos… pero en el fondo duele e incomoda. Vivimos en una época en la que lo fácil seduce más que lo profundo. Hay más acceso al conocimiento que nunca —todo está a un click de distancia— y aun así la gente lee menos, se informa menos, se instruye menos. Las pantallas nos bombardean con estímulos de todo tipo; sin darnos cuenta, nos hemos vuelto presos de las recompensas instantáneas.
Desde la psicología cognitiva se habla del principio del mínimo esfuerzo: nuestro cerebro tiende a ahorrar energía buscando el camino más sencillo y la gratificación más rápida. La sobreestimulación y el entretenimiento constante saturan nuestra atención; por eso muchos estudiantes apenas pueden formular dos ideas continuas. El exceso de ocio digital nos empuja a perseguir recompensas inmediatas, pero el aprendizaje profundo no tiene atajos: requiere observar, esforzarse, pensar con calma. Cuando todo se reduce al “quiero lo fácil y rápido”, la pereza intelectual se convierte en la norma.

Eso se nota en las aulas guatemaltecas: chicos que se desesperan si un ejercicio no se resuelve en cinco minutos, tareas calcadas de internet sin leerlas, planes de mejora que permiten pasar sin entender el contenido. En mis tutorías he visto alumnos que se frustran cuando un problema toma más de diez minutos; están tan acostumbrados a “hackear” las tareas que cualquier esfuerzo extra les parece una injusticia.
Como bien advierte Cayetana Álvarez de Toledo, nunca se había politizado tanto la ignorancia. Se promueve una generación que flota en la era de la mediocridad. Hoy no esforzarse se aplaude y quien exige calidad es tachado de elitista. ¿No te parece irónico que en un país con tantas carencias la excelencia sea vista como un exceso?
Si queremos recuperar la cultura del mérito necesitamos romper con esta ley del mínimo esfuerzo. ¿Cómo volver a enamorarnos del aprendizaje lento? ¿Cómo convertir el estudio en un desafío que motive y no en una carga que esquivar? Son preguntas que merecen pensarse… aunque lleven algo más que un clic.
V. Videojuegos:¿todos al modo fácil?
De mi infancia recuerdo aquellas partidas eternas junto a mi primo, entre Mario Bros., Street Fighter o Ice Climber. No duraban tanto por largas, sino porque no morir era la meta en cada turno. Fallar significaba empezar desde cero, aprender del error y memorizar cada movimiento. No existían puntos de guardado ni reinicios sin penalización. Si perdías, perdías. Y eso dolía… pero también enseñaba.
Hoy muchos juegos cuentan con un modo historia donde nadie muere, o con ajustes automáticos que bajan la dificultad si fallas. La frustración se volvió opcional. ¿Estamos ante la rendición definitiva frente a la ley del mínimo esfuerzo?
La industria tiene sus razones: con más de 3 000 millones de jugadores y 184 000 millones de dólares en ganancias, busca atraer a la mayor cantidad posible. Y lo ha hecho bien: ahora puedes ajustar controles, cambiar colores, activar subtítulos o lectores de pantalla. Todas estas mejoras, en nombre de la justicia y la accesibilidad, buscan que nadie se sienta excluido. Pero en ese afán por no incomodar a nadie, la experiencia se ha transformado: los algoritmos miden tu desempeño y adaptan el reto a tu nivel para evitarte frustración o sufrimiento.
El problema no está en incluir a más jugadores, sino en el mensaje oculto entre líneas: fallar ya no es parte del juego. Y cuando fallar se vuelve opcional, el aprendizaje también pierde sentido. Si la vida se parece cada vez más a un modo fácil, ¿cómo reaccionamos cuando llega un reto real?
Todos estos cambios parecen empujarnos hacia una era del click rápido: buscamos logros, pero sin sacrificio; intensidad, pero sin esfuerzo. Quizá sea hora de darle pausa al juego de la vida, reiniciar y recuperar aquella pantalla que decía Game Over. Porque en la vida real no hay botón de reinicio… y cada derrota enseña más que mil victorias fáciles.
VI. Go woke, go broke: cultura “woke”, espacios seguros y populismo
En 2016, la Universidad de Chicago envió a sus nuevos alumnos una carta de bienvenida que hoy puede considerarse legendaria. En ella, la institución advertía que la vida universitaria no sería un refugio de comodidad: no habría advertencias de contenido para prevenir emociones incómodas, no se cancelarían conferencias por ser polémicas y no se crearían “espacios seguros” donde esconderse de ideas que incomodaran.
El mensaje fue duro y directo: el pensamiento crítico y la vida universitaria exigen incomodidad. Aprender implica confrontar, discutir y, a veces, salir de la zona de confort. Sin ese roce intelectual, la universidad se vuelve un spa emocional… y el conocimiento, una caricatura amable de sí mismo.
Lamentablemente, el mundo tomó otro rumbo. La guerra mediática y social librada en nombre de la “inclusión” ha propiciado que muchas instituciones prefieran proteger antes que desafiar, censurar antes que debatir. Lo que comenzó como un gesto legítimo hacia grupos vulnerables se ha convertido, en muchos casos, en una cultura de cancelación y silencio. Basta con discrepar para ser etiquetado de intolerante, retrógrado o insensible.
Y muchos lo vivimos de cerca. Esta generación que ha crecido sin enfrentarse a ideas opuestas, a menudo confunde una crítica con una agresión. Se vuelve frágil ante la diferencia e incapaz de debatir sin sentirse atacada. Esa fragilidad, trasladada al terreno político, se convierte en el escenario perfecto para el populismo: emociones fáciles, discursos en blanco y negro, promesas que suenan bien, aunque sean imposibles.

América Latina lo ha sufrido una y otra vez. Chávez y Maduro destruyeron la economía venezolana en nombre de la justicia social. Petro en Colombia alimenta el resentimiento y el odio al pasado. En México, AMLO y ahora Sheinbaum mantienen el populismo con subsidios, polarización y control institucional. Incluso en Estados Unidos, Biden encarna esa versión blanda del progresismo que busca agradar a todos mientras el país se fractura.
Y Guatemala no escapa a esa tendencia. El presidente Bernardo Arévalo y el partido que lo llevó al poder, Movimiento Semilla, se autodefinen como progresistas, pero su gestión ha estado marcada por discursos esperanzadores, gasto elevado y resultados poco tangibles. En su primer año, impulsó una ampliación presupuestaria de 200 millones de quetzales para modernizar el Aeropuerto La Aurora, pero la ejecución avanza con lentitud. También proclamó 1 650 millones de dólares en inversión extranjera, aunque el Banco de Guatemala reporta solo 1 235 millones. Los ministerios clave —Comunicaciones y Desarrollo Social— muestran bajos niveles de ejecución, mientras la retórica del cambio se mantiene intacta.
Esa mezcla —populismo, complacencia y desinformación— erosiona lo más esencial de una democracia: la capacidad crítica del ciudadano. Porque el populismo y la cultura “woke” son dos caras de la misma moneda: uno ofrece emociones fáciles, el otro comodidad moral. Ambos premian la adhesión automática y castigan el pensamiento profundo.
Y así, Guatemala corre el riesgo de convertirse en un país donde la exigencia incomoda, el esfuerzo se ridiculiza y el fracaso se censura.
La pregunta de fondo es inevitable:
¿En qué momento confundimos la compasión con la complacencia?
Porque sin debate no hay pensamiento, y sin exigencia no hay progreso. El día que todo deba ser “seguro”, habremos perdido lo más valioso que tiene una sociedad libre: el derecho a disentir.
VII. Volver a creer en el mérito: un llamado a despertar
Después de este recorrido, una cosa queda clara: hemos bajado la vara y, con ella, las expectativas. No solo en la escuela o la universidad, también en la vida pública, en el trabajo y hasta en la conversación cotidiana. Nos hemos acostumbrado a vivir en “modo fácil”, como si todo lo exigente fuera una molestia que conviene evitar.
Pero un país que deja de exigir, deja también de soñar en grande. Guatemala no necesita un Estado que nos lo dé todo, ni una ciudadanía que se conforme con migajas emocionales. Necesita personas que vuelvan a creer en el valor del esfuerzo, en el poder de la excelencia y en la satisfacción de hacer las cosas bien aunque cuesten.
El reto es simple… y enorme: reconciliarnos con la incomodidad. Aprender otra vez a debatir sin miedo, a estudiar con rigor, a trabajar con orgullo y a reclamar resultados con argumentos. Porque la exigencia no es crueldad; es amor por lo que puede ser mejor.
El populismo, el conformismo y esta cultura de lo “seguro” han hecho del fracaso un tabú. Pero fallar también enseña, y de esa incomodidad nacen los cambios verdaderos. Ninguna sociedad avanza si no se atreve a incomodarse un poco.
Volver a creer en el mérito no es nostalgia, es resistencia. Es decirle no al atajo, al discurso vacío, al “ya estuvo así”. Es volver a poner el esfuerzo donde ahora reina la excusa. Y cada uno puede hacerlo desde su trinchera: enseñando, emprendiendo, exigiendo, pensando.
Quizá no podamos cambiar al país de la noche a la mañana, pero sí podemos cambiar la forma en que reaccionamos ante la mediocridad. Podemos elegir no aplaudir lo fácil, no premiar la trampa, no justificar la flojera. Porque el verdadero cambio para el pais no viene del estado, no empieza en los ministerios ni en los parlamentos: empieza en el aula, en el trabajo, en la casa, en el espejo.
Así que la próxima vez que algo te parezca difícil, no lo esquives. Hazlo igual. Esa, en el fondo, es la única manera de recuperar el brillo perdido: recordar que nada valioso se construye sin esfuerzo.
Y como siempre, con un buen café de por medio, te dejo esta pregunta para la semana: ¿qué podrías hacer tú, desde tu rincón, para que la exigencia vuelva a tener sentido en Guatemala?
Byron Castro
Fuentes que inspiran la reflexión
(porque todo buen debate empieza con datos reales)
- The Nation’s Report Card 2024 — National Center for Education Statistics. nces.ed.gov/nationsreportcard
- Evaluación Nacional del Graduando 2023: Lectura y Matemática — MINEDUC Guatemala. mineduc.gob.gt
- Kahneman, D. (2011). Thinking, Fast and Slow. Farrar Straus and Giroux.
- Alter, A. (2017). Irresistible: The Rise of Addictive Technology. Penguin Press.
- How Video Games Are Becoming More Accessible — PBS NewsHour (2023). pbs.org/newshour
- Xbox Accessibility Guidelines — Microsoft (2023). learn.microsoft.com
- Accessibility Features in The Last of Us Part I — PlayStation Blog (2022). blog.playstation.com
- Letter to the Class of 2020 on Freedom of Expression — University of Chicago (2016). news.uchicago.edu
- Haidt, J. & Lukianoff, G. (2018). The Coddling of the American Mind. Penguin Press.
- Somin, I. (2016). Democracy and Political Ignorance (2nd ed.). Stanford University Press.
- Freedom in the World 2024: Populism and Democratic Decline — Freedom House. freedomhouse.org
- La primavera democrática que prometió Bernardo Arévalo aún no florece en Guatemala — El País (2025, 15 de enero). elpais.com
- Informe de Inversión Extranjera Directa, III trimestre 2024 — Banco de Guatemala. banguat.gob.gt

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