En una tarde con aroma a café, La Tacita de Plata te invita a reflexionar sobre las procesiones: un legado vivo que conecta nuestro pasado con las esperanzas del mañana.
Imagina las calles cubiertas de alfombras de aserrín multicolor, a lo lejos se empiezan a escuchar el eco solemne de las marchas fúnebres, el humo de los incensarios subiendo al cielo y en el esquina de la cuadra se asoma el peso compartido de una anda sobre los hombros de cientos de cucuruchos. Las procesiones de Semana Santa no son solo un ritual religioso; son una parte de nuestra cultura, nuestra historia y nuestra identidad, un puente entre la Guatemala de ayer y la que aún soñamos construir. Desde sus primeros recorridos humildes en las calles de Antigua Guatemala hasta su reconocimiento como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO en 2022, han evolucionado, resistido desafíos y abrazado nuevas realidades.
Pero, ¿pueden las procesiones ser más que una tradición? ¿Podemos hacer de ellas una fuente de inspiración para reconstruir la solidaridad y la justicia que marcaron nuestro mejor pasado? Te invito a recorrer su historia, redescubrir su relevancia y soñar juntos cómo podrían guiarnos hacia un futuro más unido.

Foto: Asociación de Cucuruchos Antigueños
El Origen De Una Fe En Movimiento
Las procesiones en Guatemala tienen su origen en el siglo XVI, cuando los primeros españoles arriban a tierras guatemaltecas con un objetivo claro: evangelizar a través de imágenes y rituales que pudieran transmitir visualmente la fe católica. Era una época en la que imprentas y libros era inaccesible para la mayoría, y las manifestaciones públicas, dramáticas y emotivas, se convirtieron en el mejor metodo de catequización.
En 1543, en la Ciudad de Santiago de los Caballeros de Guatemala —hoy Antigua Guatemala—, ya se organizaban procesiones, siendo una de las primeras el cortejo del Señor Sepultado de Santo Domingo, que marcaba la solemnidad del Viernes Santo y buscaba recrear el sufrimiento y muerte de Cristo de una forma vivencial para los nuevos devotos. En este punto las cofradías fueron un pilar fundamental, asumiendo la responsabilidad de organizar las procesiones, tallar imágenes, vestir santos, preparar altares y asegurar la participación comunitaria. A través de ellas, se logro no solo adoptar el cristianismo, sino también adecuarlo a nuestra realidad, incorporando símbolos, colores y formas que reflejaban su propio mundo espiritual.
Durante la colonia guatemalteca, el arte tuvo un repunte importante, siendo uno de sus principales exponentes la escultura religiosa; imágenes como Jesús Nazareno de La Merced, venerado desde 1655, son ejemplo del alto nivel artístico alcanzado: rostros llenos de dolor humano, expresiones compasivas, detalles minuciosos que permitían a los fieles “ver” el sufrimiento divino y conectarse con él.

Foto: Jesus Nazareno de Los Milagros, Rey del Universo. (Byron Castro – 2025)
Sin embargo, las procesiones han sido testigos fieles de los cambios sociales, culturales y politicos de las diferentes epocas. Tras los devastadores terremotos de 1773 que destruyeron gran parte de Santiago de los Caballeros, la ciudad fue trasladada al Valle de la Ermita, dando origen a la Nueva Guatemala de la Asunción (actual Ciudad de Guatemala). El traslado implicó un replanteamiento de las procesiones: nuevas rutas, nuevos templos, nuevos públicos, pero la misma devoción profunda. Es de esta forma que las procesiones se han constituido no solo en una practica religiosa, sino también en un lenguaje propio del pueblo guatemalteco, una manera de contar su historia, expresar sus esperanzas y preservar su identidad frente a las adversidades. Hoy, cuando los cortejos recorren las calles entre nubes de incienso y cantos de penitencia, no solo revivimos la pasión de Cristo: también honramos cinco siglos de memoria colectiva, de resistencia creativa y de espiritualidad compartida.
Historias Que Resguardan El Alma De La Tradición
Entre el aroma del incienso, el redoble solemne de los tambores y el lento caminar de las andas sobre alfombras de aserrín, la Semana Santa guatemalteca guarda secretos que solo los corazones atentos pueden atesorar, leyendas que han pasado de generación en generación, como si se tratase de un cambio de turno para seguir con el largo recorrido procesional: historias que resguardan el alma del pueblo y que susurran misterios de fe en cada esquina de nuestra memoria.
Una de estas memorias sagradas se encuentra en la historia de Jesús de las Palmas, o como cariñosamente lo llaman los fieles, la “Burriquita” de Capuchinas. Se dice que esta imagen, la cual es una representación viva de la Entrada Triunfal de Jesús en Jerusalén, solo puede moverse el día de su procesión; una vez culminado su cortejo del Domingo de Ramos, y siendo retornada a su lugar dentro del templo ni la fuerza y voluntad de todos sus devotos logran moverla. Es como si una voluntad superior la fijara a la tierra hasta la siguiente Semana Santa, recordándonos que el verdadero milagro camina al ritmo de la fe, no de la fuerza humana.

Foto: Jesus de las Palmas, Capuchinas. (Byron Castro – 2025)
Otra historia que sobrevive en la memoria popular es la de los lamentos del Jesús de Candelaria. Según cuentan las abuelitas, en momentos de gran silencio y recogimiento, se puede escuchar un lamento, un susurro profundo, como si el Nazareno advirtiera al pueblo de Guatemal que tiempos complicados se avecinan. Se dice que su llanto precedió al devastador terremoto de 1917, a la pandemia de la gripe española, a la Revolución de 1944, y más recientemente, al inicio de la pandemia de COVID-19. Cada eco de tristeza, era para los fieles un llamado a la oración, un aviso de que los tiempos difíciles debían enfrentarse con humildad y confianza en Dios.

Foto: Jesus Nazareno de Candelaria, Cristo Rey. (Byron Castro – 2025)
Y así como en el pasado, también en tiempos recientes el lenguaje silencioso de las procesiones ha conmovido al corazón de los devotos. Durante la Semana Santa de 2025, en la solemne procesión del Viernes Santo, Jesús Nazareno de La Merced fue procesionado con una bella tunica negra con detalles en dorado, signo de luto y duelo profundo, a sus pies, el apóstol Pedro se arrodillaba en actitud de súplica, evocando las palabras que Jesús el Nazareno le instruyera: “Tu eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella” Mateo 16:18.

Foto: Consagrada Imagen de San Pedro Apostol. (Byron Castro – 2025)
Para quienes observaron con el alma abierta, aquel símbolo fue claro: Pedro, la piedra, se rendía ante su Maestro, presagiando un cambio profundo en la Iglesia. Y así fue: pocos días después, la muerte del Papa Francisco conmocionó al mundo, confirmando para muchos la intuición nacida de aquella procesión silenciosa. Más aún, en distintas procesiones de la capital, el apóstol Pedro había sido representado de formas similares, como un hilo invisible que tejía un mensaje común: el dolor y la renovación caminarían juntos.
Así, en la fragilidad de las imágenes, en los lamentos apenas audibles, en los gestos humildes de imagenes talladas hace siglos, el pueblo guatemalteco sigue reconociendo las señales del Cielo. Cada procesión no es solo un recuerdo del pasado: es una fusión entre la fe y el presente, entre lo visible y lo invisible, entre el corazón del pueblo y el misterio de Dios. Porque mientras existan quienes escuchen, mientras haya quienes caminen bajo el peso de la tradición con el alma despierta, las historias seguirán resguardando el alma de Guatemala, susurrando eternamente los secretos de la fe.
Un Café Para Pensar En El Mañana: Soñar Un Futuro Desde Nuestra Tradición.
A lo largo de los siglos, las procesiones han cambiado profundamente. Durante la colonia, eran actos sobrios, con pequeñas andas cargadas por unos pocos devotos. El auge cafetalero del siglo XIX trajo cortejos más imponentes, con andas cada vez mas grandez y elaboradas. En el siglo XX, la estabilidad institucional, el turismo y los medios de comunicación transformaron las procesiones en eventos de escala global. La pandemia de 2020 obligó a reinventarlas: cortejos virtuales, tributos en línea y nuevas formas de mantener viva la fe, y aunque en 2022 regresaron con fuerza, nuevas realidades —como la inclusión de turnos mixtos en cortejos que no lo acostumbraban, el uso de tecnología en las andas o los protocolos sanitarios— nos recuerdan que la tradición sigue viva porque sabe adaptarse.
Las procesiones nos enseñan que la Guatemala solidaria, resiliente y espiritual del pasado puede inspirar la Guatemala más justa y fraterna del futuro. Desde La Tacita de Plata creemos que preservar y transformar estas tradiciones es una forma poderosa de construir un país más unido y sostenible.
Y ahora te pregunto: ¿cómo sueñas tú las procesiones del mañana? Te invito a compartir tus ideas mientras disfrutamos juntos de un café y seguimos soñando con una Guatemala que honre su historia y abrace su porvenir. Tu puedes ser parte de este movimiento, escribe tus comentarios, comparte tus historias, dinos qué quieres recuperar de esta «Tacita». Porque el brillo de Guatemala no es un sueño lejano ni un eco del pasado: es una fuerza viva que, con esfuerzo y unión, podemos hacer resplandecer de nuevo. ¿Te unes a nosotros?
Byron Castro

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