Echémonos un cafecito: del ruido político a la oposición con ideas

Hoy, mientras preparaba el café de la mañana con calma, afuera el clima estaba medio raro: entre nublado y con ese sol tímido que no termina de salir. Y mientras lo revolvía, abrí mis redes sociales y, oh sorpresa, otra vez lo mismo: gritos, acusaciones, amenazas de paros, y una oposición que parece más interesada en hacer bulla que en proponer algo.

No pude evitar pensar: ¿en qué momento confundimos la política con una competencia de quién grita más fuerte?

Y ojo, no hablo solo de los que están en el poder, sino también de quienes deberían ser el contrapeso.

La oposición —esa que debería representar equilibrio y crítica con sentido— se ha vuelto, muchas veces, una especie de coro desentonado.

Mucha indignación, mucho escándalo, pero poca propuesta.

¿De qué sirve tanta protesta si no hay una idea detrás, un plan, una visión clara de país?

Una oposición inteligente no es la que se opone por deporte, sino la que piensa, propone y educa.

Que cuando critica, lo hace con datos.

Y que cuando señala errores, también ofrece caminos para corregirlos.

Ejemplos, claro que existen. Javier Milei, antes de ser presidente en Argentina, se dedicó durante años a explicar economía en medios, plazas y redes. No solo señalaba lo mal que iban las cosas, sino que enseñaba por qué. Lo hacía con números, con pasión, con argumentos.

Del otro lado del continente, Charlie Kirk —conocido activista conservador— solía sentarse en universidades bajo un cartel que decía: “Demostrame que estoy equivocado.”

Esa disposición a debatir, a escuchar y a respaldar lo que uno dice con hechos… eso también es oposición.

Ambos, cada uno a su manera, entendieron que el conocimiento es más poderoso que el ruido. Que educar y conversar convence mucho más que insultar o bloquear carreteras.

Y pensemos: ¿qué pasaría si en Guatemala tuviéramos líderes así? Personas que usen su tiempo para enseñar, para proponer, para abrir el debate con respeto.

No para dividir, sino para construir.

Porque el problema no es tener desacuerdos —eso es parte sana de la democracia—. El problema es cuando los desacuerdos se vuelven pretextos para no pensar.

Y ahí estamos, muchas veces: atrapados en el ruido, mientras el país sigue igual o peor.

Quizás es momento de cambiar el rumbo.

De empezar a exigir más que consignas vacías y discursos encendidos.

De pedirle a los políticos que, antes de hablar, estudien.

Que antes de ofrecer soluciones mágicas, muestren planes concretos.

Y de nuestra parte, mejoremos como ciudadanos: analicemos detenidamente la información que nos llega, trabajemos en nuestro pensamiento crítico y aprendamos a premiar la coherencia y castigar la demagogia.

La verdadera oposición no se mide por el volumen de sus gritos, sino por la profundidad de sus ideas.

No por los likes que genera, sino por la esperanza y el conocimiento que deja.

Así que, sigamos hablando de política, pero con cabeza fría y corazón caliente.

Con el respeto y la curiosidad de quien quiere entender, no solo ganar la discusión.

Dejemos enfriar el café… y pensemos.

Byron Castro

Micrófono apagado junto a una taza de café humeante y una libreta abierta con anotaciones sobre una mesa de madera.

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