Echémonos un cafecito: la fuga que nos dejó helados

Hoy, mientras preparaba el café de la mañana, me puse a revisar las noticias y, entre todas, hubo una que destacaba: veinte reos del Barrio 18 se fugaron de Fraijanes II.

Así, sin ruido, sin alarma, sin que nadie —aparentemente— se diera cuenta. Algunos salieron vestidos como policías. Otros, por turnos, en grupos pequeños. No fue una película de acción; fue algo peor: una fuga en cámara lenta, con complicidades que huelen a costumbre.

No hace falta ser experto en la materia para saber que algo, simplemente, no cuadra. Para que veinte pandilleros salgan sin que nadie lo note, no solo fallan los barrotes: falla el sistema entero.

Y ahora, como gran parte de la ciudadanía, me pregunto: ¿dónde estaban los controles?, ¿los responsables?, ¿el tan mencionado “nuevo enfoque” de seguridad?

Sí, se destituyeron nueve funcionarios del Sistema Penitenciario, incluido su director. Pero el ministro de Gobernación sigue firme en su puesto, como si nada hubiera pasado. Y nuestro flamante presidente, mientras tanto, ausente, disfrutando de su viaje, dejando que Guatemala —una vez más— se hunda en sus propios problemas. Y eso, sinceramente, cuesta digerirlo.

Durante su campaña, el presidente Bernardo Arévalo prometió “recuperar las cárceles”, “limpiar el sistema de corrupción”, “tomar el control del Estado”. Ahora, a casi dos años de aquellas promesas vacías, tenemos una fuga masiva, un plan de máxima seguridad todavía en papel y la sensación de que seguimos igual, o peor: siendo reactivos, no preventivos.

La fuga no solo dejó al descubierto un agujero físico, sino uno mucho más profundo: el de la credibilidad. Avivó la desconfianza, esa que ya crecía entre quienes piensan que este gobierno no solo es incapaz, sino que además empieza a parecerse demasiado a los que criticó.

No es exageración decir que cada evasión es un espejo de la realidad guatemalteca. De las cárceles se escapan reos, del presupuesto se escapa el dinero, de la ciudadanía se escapa la confianza. Y lo más grave no es la fuga, sino que ya no nos sorprenda. Nos acostumbramos a la negligencia como quien se acostumbra al ruido del tráfico: molesta, pero se vuelve parte del paisaje.

No se trata de gritar por renuncias ni de buscar culpables de turno. Se trata de exigir responsabilidad real, esa que casi nunca llega. Si un ministro no puede garantizar el control en las cárceles, ¿qué más debe pasar para que rinda cuentas? Si un gobierno prometió “recuperar el sistema penitenciario”, ¿por qué sigue cayéndose a pedazos? El país no necesita conferencias de prensa al amanecer ni promesas de emergencia a medianoche. Necesita instituciones que funcionen a plena luz del día, antes de que el desastre ocurra.

Y mientras termino este café —ya frío—, pienso que eso es lo que más nos duele como país: no la fuga de veinte reos, sino la fuga constante de la autoridad, de la vergüenza y del deber. Porque cada vez que pasa algo así, se nos escapa un poquito más la fe en que Guatemala puede, de verdad, recuperar el orden.

Byron Castro

Una taza de café medio vacía frente a un periódico con la noticia de la fuga de reos, mientras una ventana abierta deja entrar una luz fría de madrugada.

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